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Está todo por hacer
 

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por Pau García-Milà

El principio de una idea

En numerosas ocasiones, las dudas iniciales interfieren en el proceso de la creatividad o impiden calibrar con cierta objetividad el valor de una idea que sí puede funcionar. Casi cualquier cosa puede empezarse en cualquier lugar y pensar que tu idea está fuera de los “casi” muy probablemente reflejará más el miedo a fracasar y la búsqueda de una excusa para no empezar, que la propia realidad.

Hay dos situaciones comunes que representan un impedimento para la innovación y el emprendimiento. Una es la de la persona que dice que nunca tiene ideas, una afirmación falsa. La otra es la de la persona que dice que siempre tiene ideas…, pero este mismo exceso le impide llegar a desarrollar ninguna. Ambas situaciones tienen los mismos resultados: parálisis e inmovilidad; pero ambas tienen una solución que lleva a la formulación correcta de la idea.

Quienes dicen que no tienen ideas son, en realidad, personas que no se detienen a pensar en lo que piensan: es como si les diese miedo hacerlo. Por otro lado, quien proclama que tiene muchas ideas y no sabe por cuál empezar, realmente tiene ideas, pero acaba por no llevar ninguna adelante. Por este motivo, es importante dedicar un espacio del día a pensar —un rato que sirva también para desconectar de todo aquello que te preocupa en el día a día, como el trabajo, la familia, etc.—. Un tiempo para reflexionar y anotar las ideas. Esta es la manera de llegar a hacernos emprendedores cuando normalmente no podríamos hacerlo.

Si dedicas un tiempo a pensar cada día y vas leyendo y releyendo tus ideas, puedes ir descartando aquellas que no son buenas o son redundantes. Y así hasta que quedan cinco ideas finalistas. En este momento hay que decirse: “Voy a intentar explicar estas idea”; y el trabajo a partir de entonces consistirá en buscar las palabras adecuadas para expresar esas ideas de manera clara y sencilla. Al hacer este ejercicio de síntesis y explicarlo en cualquier contexto entra en juego la mente colectiva. Cuando uno empieza y únicamente se puede permitir una inversión mínima, el hecho de hablar y explicar el proyecto es de gran ayuda y puede ahorrar una inversión inicial. Esto facilitará un segundo filtro.

Cuando expones tu idea en un grupo pequeño, todas esas personas se pondrán a pensar si esa idea ya existe, y lo pensarán con ganas, porque, quizá, estarán buscando como sea algo para desacreditarla. Probablemente te dirán lo malo de la propuesta, con lo que ya tendrás elementos para mejorarla mucho. Todo este proceso te ayuda a descartar ideas, porque el objetivo es quedarte con una o dos cosas. El paso siguiente es empezar.

Si ves la montaña demasiado empinada, quizás una de las mejores soluciones sea hacer un curso de alpinismo. Y se puede aprender ese alpinismo bien en instituciones como ESADE o IESE —si tenemos posibilidades económicas— o, simplemente, buscando información en Internet o pidiendo ayuda a alguien que conozca el tema. Quizás hacer la primera declaración del IVA pueda imponer, pero siempre conocerás a alguien que ya sepa cómo hacerlo y pueda enseñarte la mecánica…

O, sencillamente, puede parecer una montaña el hecho de registrar una marca comercial… Cuando el autor de este libro quiso poner en marcha su proyecto eyeOS, a él y a su socio les pedían 1000 euros por los servicios de un profesional para registrarles la marca, cuando el precio de hacerlo directamente está alrededor de 125 euros. Su respuesta fue buscar qué había que hacer, qué formularios había que rellenar y adónde había que ir. En varias ocasiones estuvieron a punto de tirar la toalla y llamar al gestor, pero, por suerte, era agosto y estaba de vacaciones, de modo que acabaron resolviéndolo por su cuenta sin ningún problema.

Cuantas más cosas hagas tú mismo (tanto burocráticas como las específicas de tu emprendimiento), más estarás aprendiendo —tanto para ti mismo, como para los otros, porque, aumentando el conocimiento personal y conociendo la mecánica, probablemente se la explicarás a otros emprendedores que te vengan a preguntar cómo lo lograste—. Además, en el caso de un potencial fracaso, cuanto más hayas hecho por ti mismo, tanto más te servirá, porque ya tendrás todo este conocimiento para ocasiones futuras.

Trabajar sobre la idea

Una idea es como un virus: puede cambiarlo todo. Y hay que darle esa importancia. Cuando Angie Rosales decidió crear su propia ONG —Papallupas, que luego se convirtió en la principal organización que lleva payasos a los hospitales—, nunca habría imaginado que llegaría a tantos niños. Ni Dídac Lee, cuando decidió dejar de estudiar para empezar su empresa en contra de lo que le recomendaba su entorno y, gracias a eso, diez años más tarde, cumplió su sueño de convertirse en directivo del Barça —mientras su empresa ya daba empleo a más de 250 personas—.

Cuando tenemos una idea y trabajamos en ella durante un tiempo, a veces puede ocurrir que deja de parecernos tan atractiva como cuando la tuvimos y nos preguntamos si sigue siendo buena. Pensar de nuevo en la idea es un primer paso para redefinirla, ajustarla, mejorarla y, en definitiva, reinventarnos creando nuevas ideas. Estaremos, en este caso, haciendo I+D, investigación y desarrollo sobre esa idea. El ejemplo típico son las empresas de software, que crean un producto y tienen que ir reinventándose constantemente si quieren vivir de ese producto. Al empezar a trabajar con clientes, se refina la idea.

En relación con ese refinamiento, lo que acostumbra a suceder es que, tarde o temprano, llegan los primeros clientes, que empiezan a pedirnos cosas que ni habíamos pensado, de modo que esto nos ayuda a mejorar el desarrollo de la idea. Cuando aumenta mucho el número de clientes puede ocurrir también que el grueso de estos frene la investigación y el desarrollo, que se coma nuestra capacidad de innovar, porque no se les puede ir diciendo: “Espera, que estoy desarrollando esto o perfeccionando lo de más allá”. Y esto puede suceder en sectores tan dispares como la tecnología o los zapatos de diseño.

Imagínate que creas unos zapatos impermeables con un diseño atractivo e innovador. Estos zapatos pueden tener mucho éxito, porque evitan que los días de lluvia tengas que llevar otro par de zapatos en la bolsa para sustituir las botas de plástico cuando llegas a la oficina. Ahora bien, si mientras estás teniendo éxito no dedicas parte de tu tiempo a innovar para hacer evolucionar la idea, en cualquier momento llegará otro fabricante que producirá los mismos zapatos y los venderá a mitad de precio. En este momento, si no has pensado en una versión mejorada o en una segunda versión, tu empresa fracasará.

En pleno auge —cuando más estás vendiendo—, más te lo crees, y es precisamente en esta situación cuando menos te das cuenta de que no te estás reinventando. La solución pasa por separar las cosas desde el primer día, ya sea dividiendo el tiempo de las personas o diferenciando equipos por tareas: hay que dedicarse a probar cosas, a inventar y a reinventarse. Es lo que Google denomina Google Labs y que muchos grupos llaman simplemente labs, ‘laboratorio de ideas’. De este modo, cuando la gente deje de hablar de ti porque ya te has quedado obsoleto, tendrás la posibilidad de presentar lo nuevo, que es lo que están esperando. Esta es la situación ideal.

El truco para poder dedicarnos a reinventar —aunque cuesta conseguirlo, acaba siendo lo mejor— es escoger al cliente y lograr que ese cliente pague por hacer algo que sea, precisamente, lo que tú habrías acabado haciendo gratis por tu cuenta. Si te diriges más o menos al target de cliente que desea justamente lo que estás desarrollando, incluso puedes planteárselo abiertamente: “Te haré un descuento muy importante si pagas por el desarrollo del producto que buscas”. O simplemente: “No pagues y dentro de un año lo tendrás”. Luego será posible comercializar y difundir ese nuevo producto.

Critícame… pero no tanto

Las críticas aparecen el primer día, luego menguan, pero vuelven a aparecer cuando se presentan versiones nuevas de la idea. Las críticas iniciales son las que te intentan disuadir de que empieces. Si no hay un mercado para el producto, las críticas pueden ser cariñosas (de familiares o de tu entorno cercano) y pretenden buenamente o bien evitar que te estrelles o bien que tires tu versión a la basura. Pero también están las críticas de personas a quienes les daría rabia que triunfases o, incluso, las de compañeros que prefieren verte trabajando tranquilamente a tener éxito.

Una vez que ya has puesto en práctica tu idea, por ejemplo, conseguir crear unos zapatos impermeables, empezarás a enseñarlos y es posible que alguien te diga: “Oye, son muy feos”. Seguramente la persona que hace este comentario no habrá estudiado moda, no habrá viajado para ver pasarelas en varias ciudades del mundo… Sencillamente, esta será su percepción. Puedes tomártelo de dos formas: o pensar que esta persona “no sabe o no entiende” y seguir adelante; o, la alternativa, creer que esta persona nunca se compraría tus zapatos y que quizá tampoco lo hagan otros centenares de usuarios: al fin y al cabo, esta persona es un usuario potencial. En el mundo del software sucede lo mismo que en el caso de los zapatos. Cuando alguien prueba un programa nuevo y dice que no le funciona o no lo entiende, puedo pensar que esta persona no tiene conocimientos de informática ni de usabilidad, y yo sí porque he estudiado… Ahora bien, si él va a ser el usuario de este programa, quizá merece la pena escuchar lo que dice.

Las críticas suelen ser beneficiosas para la empresa y hay que aprender a aprovecharlas en beneficio propio. Cuando encuentres a un grupo de usuarios de quienes te fíes y que te critiquen de manera constructiva, cuídalo. Los llamados early adopters (‘primeros usuarios de un producto’) son quienes se darán cuenta de los defectos antes que nadie, y estas críticas te resultarán enormemente valiosas para mejorar. Es a esta comunidad a la que merece la pena escuchar. Cuanto más tecnológico sea nuestro proyecto, más posibilidades tendremos de crear una comunidad en Internet; cuanto menos tecnológico sea, será más factible crear una comunidad a nuestro alrededor.

En Internet siempre contamos con herramientas muy potentes para poder conocer la opinión de los usuarios; las principales son los formularios y los foros. La gente suele preferir los foros, porque no saben adónde va a parar la información del formulario, ni si lo leerá alguien o no. Con los foros sucede algo parecido a los restaurantes. En el caso de un restaurante vacío, no quieres entrar porque desconfías, pero, si está demasiado lleno, tampoco, porque te harán esperar mucho. En el caso de un foro, si nadie comenta pensarás que no vale la pena porque nadie le hace caso a ese proyecto pero, en cambio, si ves cierta actividad, participas. Es decir, que los foros son muy útiles, pero tienes que preocuparte de irlos renovando, para que haya mensajes, pero que no sean excesivos.

El éxito y el fracaso

Un aspecto importante, una vez que decides poner en marcha tu idea, es definir cuándo considerarás que has alcanzado el éxito y organizarte para ello. Hay varias maneras de medir el éxito, y eso depende del proyecto y de cada uno. “Éxito” puede ser, sencillamente, ganar suficiente dinero para poder pagarte tu nómina o hacer un viaje para dar una conferencia. El éxito, lo que marca el triunfo de una idea o una empresa, es algo que cada uno tiene que definir según su perspectiva.

El éxito no siempre depende del dinero inmediato, ni debe ser obligatoriamente el objetivo final. Puede ser un error pensar que el dinero inicial debe convertirse en una fábrica de más dinero. Quizá para conseguir más dinero tengas que dar siete pasos sucesivos y la inversión inicial te sirva para dar el primero. Un ejemplo de ello es destinar una inversión inicial a crear un programa informático que, posteriormente, regalarás a todo el mundo. Si resulta que se hace suficientemente conocido en su ámbito, es bien aceptado y se convierte en un referente, entonces tendrá sentido crear una empresa que se dedique exclusivamente a ofrecer servicios alrededor de este proyecto. El éxito, en este caso, llegaría después de haber decidido el tipo de programa que quieres crear, después de invertir para crearlo y después de llevar a cabo la promoción necesaria para que sea conocido; quizá el éxito sea que se hable de tu programa en una revista especializada o que un determinado número de personas confíen en él. Antes de eso, solo pierdes dinero.
Es muy recomendable irse preguntando periódicamente qué significa triunfar para uno mismo, porque el concepto cambia o se modifica con la edad, con las experiencias y a medida que se va avanzando en el proyecto. Si eres joven, al principio puede consistir en tener mucho dinero, crear Google o ser turista espacial. Puede ser muy fácil entender el valor de triunfar tratando de tomar como modelo a alguien que para ti ha triunfado. Por ejemplo, Mark Shuttleworth, el creador del sistema operativo Ubuntu, fue el segundo turista espacial del mundo y el primero de África; uno de sus objetivos era ganar suficiente dinero para poder viajar al espacio. Quizá si hoy en día alguien se pone como meta ir al espacio, requerirá mucho menos esfuerzo, porque él tuvo que pagar millones de dólares y hacer un curso de entrenamiento en Rusia, mientras que actualmente Virgin está planteando viajes espaciales por 143 000 dólares.

Quizá triunfar es lo que logró Richard Stallman, el creador del movimiento GNU de software libre que, según dicen, no es rico, no se aloja en hoteles sino en la casa de las personas que lo acogen, es extrovertido y le gusta cantar. O, en el otro extremo, quizá sea lo que ha logrado Amancio Ortega, el creador del imperio de ropa Zara, una persona con una enorme fortuna y que, en cambio, prácticamente no se deja ver en público. Con el tiempo la idea de triunfar cambia. Llega un momento en que dejas de pensar en dinero y te dices, por ejemplo: “Para mí, triunfar es llegar a quinientas personas que se hayan tatuado mi marca y me hayan mandado una fotografía”. Seguramente, cuando muchas empresas conocidas empezaron su andadura, no se podían imaginar la posibilidad de que alguien pudiera llegar a tatuársela. Sin embargo, la legendaria marca de motocicletas Harley-Davidson es, probablemente, una de las más tatuadas del mundo.

Gestionar el éxito tiene dos facetas: la de hacerlo en el día a día y la de morir de éxito. Un indicio de que estás empezando a morir de éxito es que el discurso de tu cliente actual cambia en relación con el primer cliente. Si, además, no te importa que se marche un cliente, esta es una señal inequívoca; es el punto de inflexión antes de estrellarte. Un cliente contento atraerá a cuatro clientes más, pero uno enfadado dejará de recomendarte a veinte personas.

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