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Una cosa a la vez (monotarea vs. multitarea)
 

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El mito de la multitarea

La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, celebrados en Sochi (Rusia) en el año 2014, fue un excelente ejemplo de cómo estar ausente durante una experiencia cumbre. Imagina que la dedicación y el compromiso de toda una vida han dado sus frutos: alguien ha conseguido una plaza en el equipo olímpico. El momento ha llegado; el mundo se prepara para observar su esplendor en la ceremonia de inauguración. Sin embargo, la mayoría de los deportistas en aquella ceremonia ni estaban inmersos en el glorioso momento ni respondían con saludos a la multitud. En vez de eso, miraban fijamente sus dispositivos móviles, haciendo vídeos y autorretratos con los cuales “recordar” el acontecimiento más tarde. El deseo de captar el momento es comprensible, pero ¡seguro que habría bastantes vídeos profesionales de gran calidad donde escoger después!
¿Por qué son tantas las personas que se ven arrastradas por la carga de la multitarea? Colectivamente, somos boicoteados por plagas de los tiempos modernos como las siguientes:

Demasiado que hacer, demasiado poco tiempo.
Vida desordenada, mente desordenada.
Montañas crecientes de exigencias diarias.
Torbellinos de distracciones.

Muchos reaccionamos a la alarmante acumulación de responsabilidades dividiendo nuestra atención entre tareas. Nos hallamos en medio de una creciente corriente hacia lo que Linda Stone denomina la “atención parcial continua”, y prestamos una atención superficial y simultánea a flujos de información que rivalizan entre sí. Viviendo en nuestro big bang personal, nos sentimos incapaces de mantener el ritmo del universo en frenética expansión que rodea nuestras vidas. Desafortunadamente, siempre escucho lo mismo: “Cuanto más intento mantenerme al día, más agobiado me siento”.

Son legión las personas víctimas de la idea equivocada de que la multitarea es necesaria para enfrentarse a esta sobrecarga. Pero la multitarea es engañosa. En lugar de aliviar las exigencias, aumenta nuestros problemas.

De hecho, a lo que nos referimos coloquialmente como multitarea recibe el nombre técnico de cambio de tarea, esto es, moverse rápida (e ineficazmente) de una tarea a otra. Como explica el doctor Eyal Ophir, neurocientífico de la Universidad de Stanford: “En realidad, los humanos no podemos hacer varias cosas a la vez, lo que hacemos es cambiar de tarea… cambiar rápidamente de una tarea a otra”.

El intento de hacer varias cosas a la vez exige que el cerebro cambie la atención con suma rapidez, en algo menos de una décima de segundo. Estas pérdidas de concentración llevan a una mala utilización del tiempo y agotan nuestra capacidad mental.

La multitarea bloquea la entrada del flujo de información a la memoria a corto plazo. Los datos que no consiguen acceder a esta memoria no se pueden transferir para que la memoria a largo plazo los recupere. De ahí la paradoja de la multitarea: realmente reduce nuestra capacidad para concluir lo que nos traemos entre manos.
Como vemos, la gente no puede hacer muy bien varias cosas a la vez, y cuando dice que puede, está engañándose. Aunque siempre habrá quien diga: “Yo puedo mantener una conversación y vaciar el lavavajillas. ¡Soy capaz de escuchar la radio y conducir!”. Pero realizar dos tareas inconexas al mismo tiempo cuando al menos una no requiere ningún esfuerzo consciente no es a lo que nos referimos como multitarea.

Aunque hay casos en que dedicarse a dos actividades que no compiten puede ser beneficioso, hay que escoger con cuidado. Apretar una pelota antiestrés mientras se asiste a una teleconferencia puede ser una liberación positiva. En cambio, consultar el correo electrónico es una distracción. Hacer estiramientos mientras se ve un concurso de televisión es bastante más beneficioso que apoltronarse sin más en el sofá. Dedicarse a dos actividades que no entran en conflicto cuando al menos una es automática es algo generalmente inocuo; entregarse a dos tareas que rivalizan puede cobrarse un precio muy alto.

Y no solo hablamos de las consecuencias peligrosas de la multitarea (por ejemplo, utilizar el teléfono mientras se conduce cuadruplica el riesgo de sufrir un accidente), sino de sus efectos en nuestra propia calidad de vida y en nuestras relaciones con los demás.

El cambio constante de tareas es la antítesis de la concentración. Nos resulta difícil evaluar en qué medida están operando nuestros procesos mentales, porque muchos de ellos son inconscientes.

Entonces, si conocemos las desventajas de intentar hacer varias cosas a la vez, ¿por qué seguimos arrastrándonos en busca de más?
En primer lugar, hay una multitud de distracciones tentadoras que nos persiguen a todas horas. Ni siquiera podemos ver la televisión sin dejar de ver el anuncio de otro programa desplazándose en letras gigantes por la parte inferior de la pantalla.

Otro atractivo de la multitarea es el ansia de novedades. Este hecho ayuda a explicar la razón de que nos sintamos tentados por la multitarea incluso cuando sabemos que es una equivocación. Cuando los estímulos indican un cambio de statu quo, la dopamina se libera y la adrenalina recorre el torrente sanguíneo a toda velocidad con independencia de que tales cambios se consideren positivos o negativos. Este caudal de neurotransmisores contribuye a la atracción por las nuevas tareas en detrimento de lo que estemos haciendo en ese momento.

La buena noticia es que podemos alcanzar nuestras metas aprendiendo a reducir las distracciones. Es una habilidad que se puede adquirir.

El principio de la monotarea

Intentar hacer muchas cosas a la vez está relacionado con la obsesión con estar ocupado, y, en consecuencia, con sentirse agobiado. Mientras esperaba para subir a un avión cerca de un ruidoso e invasivo televisor de circuito cerrado del aeropuerto, oí de pasada que un viajero le decía a otro: “Somos permanentemente bombardeamos con información inútil”. Estoy de acuerdo. Una lección que aprendí en la Escuela de Comunicación Annenberg de la Universidad de Pensilvania fue que los medios de comunicación no pueden decirte qué pensar, pero sí en qué tienes que pensar. Y, por desgracia, lo que los medios de comunicación suelen decirnos que pensemos es, en la mayoría de los casos, bastante mediocre.
Antes, las noticias consistían en un informativo vespertino de una hora difundido a través de unas cuantas emisoras. Ahora se nos ofrecen noticias las veinticuatro horas, los siete días de la semana, y desde unas fuentes informativas prácticamente interminables. Nuestra capacidad de atención disminuye a la velocidad de la luz. Los anuncios de televisión y los vídeos musicales empalman a menudo treinta imágenes o más por minuto. La multitarea se refleja en los medios de comunicación que nos rodean mientras los segmentos de información se presentan en fragmentos en constante disminución. Nos bombardea lo confuso, mientras enseñan a nuestros cerebros a evitar la reflexión.

Carl Jung, el fundador de la escuela de psicología analítica, describió su visita a África en 1925 en estos términos: “Mis acompañantes y yo tuvimos la buena fortuna de saborear el mundo de África… Nuestra vida en el campamento se reveló como uno de los interludios más encantadores de mi vida. Disfruté de la divina paz de una tierra todavía primigenia… Miles de kilómetros me separaban de Europa, madre de todos los demonios. Los demonios no podían alcanzarme aquí; no había telegramas, ni llamadas telefónicas, ni cartas, ni visitantes. Las fuerzas de mi psiquismo liberado se derramaban de nuevo por las extensiones primigenias”.

Noventa años después, los “demonios tecnológicos” han cambiado de forma, pero nos enfrentamos a los mismos problemas que indica Jung en su relato.

A pesar de las promesas de dispositivos que harán nuestras vidas más fáciles y sencillas, lo cierto es que estas corren un peligro creciente de aislamiento social y de amenaza a la intimidad y la seguridad. Mentalmente ausentes de aquellos que están presentes físicamente, escuchamos a medias mientras conversamos electrónicamente con personas físicamente ausentes.
Por otra parte, hay una epidemia de la ocupación que se extiende como las malas hierbas por un césped. Sin embargo, la actividad frenética y la supuesta recompensa no guardan relación. Mantenerse ocupado no implica necesariamente que estés trabajando con eficacia.
Demasiadas personas llenan sus vidas con una acción desproporcionada con relación a los resultados tangibles; hay relativamente pocas actividades lo bastante valiosas para merecer el tiempo que se les dedica. En consecuencia, estamos distraídos y descontentos y vivimos unas vidas de creciente presión profesional.

Gestionar nuestro tiempo de manera diferente puede mejorar notablemente nuestro estilo de vida. Y nuestro mejor aliado tiene un nombre: monotarea. La monotarea significa estar aquí y ahora, enfrascado en una cosa cada vez. Se caracteriza por una gran energía y una concentración intensa que producen unos resultados y un respeto por los demás excepcionales.

La monotarea nos obliga a abordar las cosas de una en una con exclusión de las demás exigencias del momento presente. Puedes ocuparte de tu siguiente tarea una vez que hayas trabajado en esta. Lo cual no exige terminar la tarea inicial, tan solo acabar el período de tiempo actual dedicado a ella.

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